La balanza de los dioses

justice02

Marta Mañes Ferrer

 

Daniela le preguntó:

-¿Te encuentras bien?

Silencio. No respondió. Ni tan siquiera la miró. La ignoró como tantas miles, qué digo, cientos de miles de veces.

Ella no daba crédito. Enmudeció. Miró hacia el mar intentando adentrarse en él para perderse en el horizonte pero se sentía ahogada incluso antes de mojarse los pies.

Recordó su vida de antaño. Cuando era humana. En esos tiempos Daniela había sido siempre una mujer activa y risueña. Desde que nació desprendía una aureola de calma y tranquilidad que contagiaba bondad. Incluso sus llantos de infancia que reclamaban abrazos o hambre habían sido suaves y breves. Esa historia se la habían repetido sus padres con cariño desde que tenía uso de razón y memoria. En ocasiones estuvieron a punto de cambiarle el nombre y llamarla Paz. Lo recordó con ternura. Pero ahora era una Diosa. Y ese detalle y voluntad de los Dioses cambió su destino. Desde entonces se debía a un solo objetivo: equilibrar las fuerzas de la balanza del bien y del mal aunque su vida, aparentemente, fuese normal.

De este modo, creció entre la gente pasando inadvertida, acorde a lo que sentía su alma. Como las hadas y heroínas buenas que descubría en las novelas que leía en la extensa biblioteca de su casa. Incluso se llegaba a emocionar cuando las imaginaba volando y tocando por doquier con su barita mágica, transformando el entorno en luz y serenidad. O cuando las veía contrarrestar las fuerzas del mal y salir victoriosas. Existían. Ella ahora lo sabía porque las veía. Conocía bien su trabajo. Incansables, sus amigas se esforzaban en desbancar a los villanos que pretendían ganar espacios de claridad y transformarlos en zonas oscuras dentro del universo. Daniela era feliz conociendo el trabajo de los Dioses. Una labor que proporcionaba el equilibrio del mundo. Por eso no desperdiciaba regalar una sonrisa a ningún interlocutor y hacerles vislumbrar el buen camino.

–¿Estás bien? –repitió con dulzura por si el viento de la brisa marina y las olas habían apagado el sonido de sus palabras.

Su oyente se giró con el rostro oscuro marcado por las arrugas y heridas de una vida mal tamizada. Clavó sus retinas en los labios dorados de Daniela y añadió con la sombra que siempre le acompañaba la voz:

–A ti qué te importa. Desaparece de mi vista. Si pudiese te arrancaría ese rostro piadoso que tienes.

Aquella mirada no era la primera ni la última que desbordaba odio y maldad. Le gustaba jugar a las fuerzas del dolor y siempre la ponía a prueba. El demonio que estaba a su lado quería ser vencedor en todas las batallas que libraba. Esa era su pauta. Su “modus vivendi” que le suministraba fuerzas. Destrozar al adversario antes de empezar era la forma de conseguir que claudicasen ante él en cualquier situación. Implantar el dolor y la semilla del ardor del odio en el corazón de su contrincante era una victoria absoluta. Encontraba el placer que agrandaba su ego en el sufrimiento del contrario. Y este acto aumentaba su ansia y deseo de destruir lo que le rodeaba.

Daniela trenzó su larga melena de color púrpura y la apoyó en su hombro izquierdo. Ese día, su pelo no brillaba como en otras ocasiones. Una bruma grisácea apagaba el medio día, preludio del estado de ánimo de los dioses.

Mientras el diablo cambiaba su piel por escamas rojizas y la observaba con frialdad a la espera de un gesto, ella, con sus poderes, pudo leer sus pensamientos:

–¡Maldita, pécora! diosa divina… Pronto acabaré contigo y tu estirpe. Crees que puedes engañarme y pasar inadvertida entre los humanos. Yo, con mi sabiduría y poderes maléficos te he descubierto y lo vas a pagar caro. Ahora puedo despedazarte. Voy a aplastarte y desmenuzarte. Nadie recordará quién fuiste ni a qué viniste a este mundo. Tu sangre correrá por la arena y tu cuerpo servirá de ejemplo para que nadie se atreva a contrariar mis voluntades. Obedecerán mis demandas. Muerte y noche. Sólo se puede ascender a los cielos de la oscuridad desde el dolor y el infierno. Ese es el ejemplo que debo mostrar al mundo. Nada ni nadie me va a parar. La luz no cabe en mis pensamientos. Negro, negro, negro. Y Tú… maldita diosa… vendrás a mí…

Daniela escuchó aquella barbarie y sufrió escalofríos. Nunca se había enfrentado a un rival tan duro. Luchó como jamás lo había tenido que hacer contra su mente. Su dolor ante aquellas frases mudas le reclamaba respeto y venganza. Vio cómo unas chispas de fuego brillaban en los ojos de su adversario.

Estaba a punto de enfrentarse sin medida cuando una voz interior le dijo:

–No dejes que Hyde y los villanos de tus novelas te arrastren al abismo. Recuerda que existe la balanza de los dioses. Ellos te ayudarán y mostrarán el camino.

Daniela se levantó de la sillita de playa en la que estaba sentada. Recogió sus enseres y se fue en silencio mientras se preguntaba a sí misma: ¿soy una diosa o soy humana? O tal vez esto que siento es fruto de mi imaginación literaria…

4 Críticas

    • Marta

      Muchiiiisimas gracias por tu comentario!!!! Nunca imaginé que recibiria tanto cariño y apoyo. No imaginas cómo me emociona leer este comentario. Me has puesto el listón alto. Espero estar a la altura y seguir escalando y sorprendiendo en próximos escritos. Un fuerte abrazo.

    • Marta

      Qué bella crítica!!!! En todos los textos que escribo surge esa voz interna que dirige de manera natural lo que sucede en la escena,,,,a mi voluntad…claro. pero también te aseguro que cada personaje sigue lo que le dicta su caracter. Si es bueno sale su forma de ser, si es malo, ataca sin contemplaciones. Jajajaaa! Mientras..yo me divierto con todos ellos haciéndolos finalizar lis textos con situaciones sorprendentes incluso para ellos.
      Es dificil explicar cómo surge un texto. :-) Bumibesos y gracias por tu comentario Roberto.

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